La Primera Bienal de Arte Indígena reunió a 46 artistas de la Argentina y países vecinos en una muestra que se aplicó a legitimar sus obras dentro del circuito del arte contemporáneo, promover el contacto directo con el público y revalorizar las cosmovisiones originarias como parte activa del presente cultural.
Emplazada en el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, en Puerto Madero de Buenos Aires, abrió un espacio inédito bajo el lema «Voces indígenas contemporáneas: una mirada desde el corazón de las comunidades». La idea de llevar adelante una Bienal de arte indígena fue creada y organizada por la antropóloga Mercedes Avellaneda de Bocca y la Fundación Redes Solidarias y propuso algo más que una exhibición: modificar la forma en que el sistema del arte mira y legitima la producción indígena.
La Bienal congregó obras en cerámica, pintura, talla en madera y textil de artistas provenientes de Chaco, Formosa, Salta, Jujuy y Tucumán, además de Perú, Paraguay, Brasil y Chile.
Uno de los ejes centrales fue el criterio de selección. A diferencia de otras convocatorias, el jurado -integrado por la antropóloga Ana María Llamazares, el historiador del arte Julio Sánchez Baroni y quien suscribe, la artista Teresa Pereda- priorizó la calidad de las obras, como ejemplos de un arte genuino, portador de un «conocimiento ancestral» y albergado en las entrañas de las comunidades. Muchos de los jóvenes participantes pertenecen a familias donde la práctica artística se transmite de generación en generación, y en esa continuidad incorporan nuevas miradas sin romper con la tradición.
El desafío logístico no fue menor. La convocatoria implicó articular traslados, seguros, montajes y vínculos institucionales con embajadas y organismos culturales. La Fundación Redes Solidarias, que desde hace 27 años promueve el arte de los pueblos originarios, asumió ese rol de puente entre culturas. El Pabellón de las Artes, bajo la dirección de Cecilia Cavanagh, resultó un espacio amplio, prestigioso y legitimador.
Además de la muestra principal, la Bienal se complementó con actividades públicas, visitas guiadas y exposiciones paralelas que ampliaron el circuito profundizando el diálogo intercultural. La apuesta fue clara: no se trató de un evento aislado sino del inicio de un proyecto con gran futuro, cuya consigna incluye un reclamo histórico: que el arte indígena deje de ser leído como artesanía o pieza folclórica y sea incorporado con pleno derecho en la escena contemporánea. En esa tensión entre tradición y renovación.
El primer reconocimiento fue para la talla en madera «El Pescador», del artista nivaclé Félix Peralta, de Paraguay quien el día de la apertura de la Bienal señaló «El pescador no obtiene comida, sino que cuida la supervivencia del Pueblo Nivaclé». El segundo premio distinguió «Peces de la Amazonía», del artista shipibo-konibo Denis Ramírez Ininsoi, de Perú, quien refiriéndose a la obra recordó «Mis abuelos fueron artistas y guías espirituales». Mientras que el tercer premio recayó en «Vida Wichí», de Reynaldo Prado, de Argentina quien reflexionó «la pintura es un camino para dar a conocer y preservar nuestra cultura wichi». También se otorgaron menciones estímulo a artistas de distintas comunidades, entre ellas la shipibo-konibo Olga Mori, quien explicó «Este bordado no es cualquier diseño, los animales, las plantas y las figuras en mis textiles son nuestros guardianes y protectores». La artista nivaklé de Paraguay, María Antonia Carema destacó «este textil de chaguar cumple dos tareas, es atuendo y es símbolo espiritual de nuestra vida cotidiana».
Artistas, miembros del jurado y Cecilia Cavanagh -a la derecha, de pie- directora del Pabellón de las Artes. Fotografía: Pablo Jantus.
Recorrer el Pabellón fue una experiencia gratificante. Las obras exhibidas nos hablaron de lo que significa la fuerza grupal, tanto en la vinculación al ritual como a la vida cotidiana. La apertura de esta I Bienal de Arte Indígena contribuye a legitimar producciones de arte colaborando con la necesaria tarea de reconocer y valorar la diversidad cultural. Es así como los artistas exhibidos nos presentaron el desafío crucial de escuchar la voz de quienes han sido «históricamente excluidos» de la participación cultural y artística.
La palabra de los artistas evoluciona nueva y potente, ante un presente cansado. Se trata de un arte portador de sabiduría, memoria y vinculación con la naturaleza. Conceptos que interpelan nuestra realidad actual, y al propio arte contemporáneo.
Quiero destacar mi agradecimiento a los artistas participantes por facilitar la presencia de sus obras, propiciar su voz en ellas, hacer resonar la palabra que hoy resulta necesaria, brindar su testimonio que es, en sí mismo, una forma de recuperación, perdurar la sabiduría de los ancestros, interpelar al presente de la humanidad, indagar sobre un futuro posible, regenerar el ritual como espacio vital y porque cada acto en sus vidas es un acto sagrado.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios



