Semblanza del académico Héctor Schenone [1919-2014]

Schenone en un retrato que nos muestra su bonhomía. Fotografía: Gentileza familia Schenone.



En primer plano, observando las imágenes, Héctor Schenone. En TAREA, con el equipo de trabajo. 2006. Fotografía: Aldo Sessa.



Catálogo de la exposición homenaje celebrada en el Museo Isaac Fernández Blanco en 2009.



Inmaculada Concepción. Talla jesuítica con restos de policromía, 80 cm. Colección Héctor Schenone. Fotografía: Nicolás Vega.



San Lorenzo. Madera dura tallada, policromada y estofada, 95 cm. Palencia (?), España. Segundo cuarto del siglo XVI. Obra adquirida en 1947, en su viaje a España. Colección Héctor Schenone. Fotografía: Nicolás Vega.



Santa Ana Triple. Óleo y temple sobre tabla, 145 x 65 cm. Obra adquirida en su viaje de 1947 a España. Colección Héctor Schenone. Fotografía: Nicolás Vega.



José Emilio Burucúa

Historiador del arte, profesor en la Universidad Nacional de San Martín.

 

Lucio Burucúa

Traductor del italiano y del latín.


Por José Emilio Burucúa y Lucio Burucúa *

Héctor Schenone nació el 1º de enero de 1919. En 1941 publicó su primer artículo sobre la obra del pintor Miguel Aucell, en el diario La Prensa. En 1944 se recibió de Profesor Nacional de dibujo y pintura en la Escuela Prilidiano Pueyrredón. Fue discípulo de Pío Collivadino y Lino Spilimbergo. Dos años más tarde se graduó como Profesor de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí entabló una amistad, que duraría toda la vida, con Adolfo Ribera. En 1947, ganó una beca para estudiar en Sevilla y viajó por España, llevando como guía de su periplo el Viaje escrito por Antonio Ponz a fines del siglo XVIII.


Al año siguiente, publicó en co-autoría con Adolfo Ribera El Arte de la Imaginería en el Río de la Plata. Gracias a trabajos como éste y los de Torre Revello, es posible conocer datos preciosos, custodiados en el Archivo de la Curia Arzobispal hasta su destrucción en 1955.

 

Fue profesor en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, en cuyos Anales publicó más de una decena de artículos. Destaquemos también el trabajo de Schenone en el Instituto de Investigaciones Estéticas de esa Facultad, junto a Mario Buschiazzo, Ramón Gutiérrez y José María Peña.

 

Mencionemos las expediciones de Héctor al norte argentino, a Bolivia y Perú, lugares que conoció como pocos y en los que entabló amistades entrañables con Teresa Gisbert, José de Mesa, Pedro Querejazu, Elizabeth y Rosanna Kuon.

 

Desde 1957 y hasta su aprobación en el Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires en 1963, junto a Julio Payró, Ernesto Epstein, Adolfo Ribera, José Antonio Gallo, Guillermo Thiele y, poco después, Nelly Perazzo, participó en la creación de una carrera de Historia de las Artes. En ese marco, organizó los cursos de arte barroco europeo e hispanoamericano.

 

Solía dar en los años 60 unas clases impecables y deslumbrantes sobre el barroco romano. Hay una pequeña historia al respecto. Un día supimos que Héctor se disponía a viajar por primera vez a Roma y nos resultaba increíble que nunca hubiera estado allí, o más todavía, que no hubiera transitado cien veces alrededor de los edificios, de las esculturas y de los ciclos decorativos que explicaba para nosotros. Schenone llegó a Roma en 1980 una mañana y se largó a caminar en busca de Sant’Andrea della Valle, de Sant’Andrea al Quirinale, de San Carlino. Iba sin plano, se lo había olvidado en el hotel [una de sus distracciones gloriosas], entró a Sant’Agnese, fotografió la Fuente de los Cuatro Ríos y salió de la Piazza Navona por la Via dei Coronari. De pronto, hacia la izquierda vislumbró, en el fondo de un vicolo que no figura en los mapas, el perfil de una columna y el dibujo terminal de una cornisa. Excitadísimo, dijo: «Ahí está Santa Maria della Pace», y así era nomás, había identificado la iglesia de Pietro da Cortona por el alzado del orden arquitectónico en el costado más exiguo del edificio. Hay pocos ejemplos de una captación parecida, de una individualización de un objeto artístico a partir de tan minúsculo trazo. El ojo, el archivo de imágenes y la mente asociativa de Héctor Schenone, una leyenda de nuestra historiografía del arte.

 

Otro mitologema asociado a su nombre tiene que ver con el llamado «principio Schenone», a cuya formulación, cada año más precisa, asistimos sus alumnos desde 1967 en adelante. En los cuatro tomos de Iconografía del arte colonial, escritos por Héctor, publicados hasta hoy y que abarcan la totalidad de la vida de los santos, la vida de Cristo y la existencia de María, nuestro maestro demostró de una manera sistemática la vigencia de una práctica de derivación iconográfica en los talleres de arte de la América colonial que, a partir de grabados, se convertían total o parcialmente en pintura y relieve, o bien se fragmentaban y recomponían en un cuadro, en un retablo, al modo del patch-work. Tanto insistió, con razón, en este punto, que un buen principio de la tarea del historiador latinoamericano, ocupado en el estudio del arte colonial, es el de buscar tenazmente las fuentes grabadas europeas de cualquier representación religiosa americana. A dicho apotegma los investigadores hemos dado con justicia el nombre de «principio Schenone». Él señalaba, no obstante, un solo topos, frecuente en la pintura cuzqueña y altoperuana entre finales del siglo XVII y mediados del XVIII, que se resistía a la aplicación del célebre principio, id est, los ángeles arcabuceros pintados en largas series de entre seis y diez criaturas celestes aladas, que visten trajes de etiqueta comunes en la Europa de Luis XIV, manipulan arcabuces, los apoyan sobre un hombro, apuntan con ellos hacia arriba del cuadro y les cargan la pólvora. Es común que esos escuadrones incluyan un abanderado y un tambor y que los designen nombres salidos de la tradición hebrea, inscriptos en la parte inferior de las telas, pero lo que define y separa a esos conjuntos de cuánto modelo europeo se haya indagado es definitivamente el arma de fuego que blanden los personajes. En procura de la solución del enigma, Mesa y Gisbert anudaron el tema a las listas de ángeles del Libro de Enoch, en tanto que un historiador peruano de la nueva generación, Ramón Mujica Pinilla, emprendió una de las investigaciones más fascinantes de la iconología latinoamericana. El tema sigue abierto.

 

En 1967 Schenone fue nombrado director del Museo Fernández Blanco, cargo que ocupó hasta 1974. Allí llevó a cabo una renovación profunda del ordenamiento, la clasificación y el contenido de las colecciones. Por primera vez instauró una política de compras, retomada luego durante las últimas gestiones del doctor Corcuera y del licenciado Cometti. Llevó adelante una reforma museográfica en la que cambió toda la manera de presentar la colección. Pero los arreglos en la capilla fueron utilizados arteramente en 1973-4 para desplazarlo de su cargo de director. El dolor profundo que el asunto le causó fue sólo restañado en 2008 por un grupo de alumnos suyos, en el que se destacaron Gabriela Siracusano, Agustina Rodríguez Romero, Patricio López Méndez y Gustavo Tudisco, quienes organizaron una muestra de la colección de arte que el propio Schenone había reunido, con paciencia y dificultad, entre 1947 y 1987.

 

Deben destacarse otros aportes suyos, imprescindibles y novedosos para la historiografía artística argentina: el trabajo de gran síntesis sobre el arte colonial hispanoamericano en nuestro territorio en los capítulos correspondientes de los tomos I y II de la Historia del Arte en la Argentina, publicada por la Academia Nacional de Bellas Artes; los cuatro tomos de la Iconografía ya citados, en los que el registro exhaustivo de las leyendas de las imágenes aqueropoiéticas en Sudamérica, imágenes hechas por una mano no humana [es decir, para las que se imagina la intervención de un ángel o un ser aún más alto a la hora de terminarlas], permitió escribir un nuevo capítulo de  la teoría del poder de las imágenes que había desarrollado, pocos años antes, David Freedberg.

 

Descuella también el relevamiento del patrimonio artístico nacional, concebido por Ribera y Schenone en el marco de la Academia y dirigido sólo por Héctor a partir de la prematura muerte de Adolfo en 1990. Esa labor se llevó a cabo en las provincias de Corrientes, Jujuy, Salta y parte de Córdoba. Fue fundamental el papel cumplido entonces por Iris Gori y Sergio Barbieri. Respecto de la ciudad de Buenos Aires, la Academia editó cuatro volúmenes de inventario patrimonial, dirigidos por Schenone y en los que colaboraron Isaura Molina, Elisa Radovanovic y Adela Gauna. Uno de los logros que también debemos a nuestro profesor en ese marco es el rescate del valor del arte religioso del siglo XIX en nuestra ciudad. Y no sólo del arte del catolicismo sino también del judaísmo, el cristianismo oriental y las iglesias protestantes.

 

Fue iniciativa suya la creación del taller TAREA junto a Ribera, Basilio Uribe y los directores de la Fundación Antorchas, Pablo Hirsch, José Oppenheimer, José Martini, Jorge Helft y Américo Castilla. En principio, ese taller se dedicó a la restauración del arte colonial en las iglesias y pequeños museos del norte de nuestro país. Héctor y Basilio desarrollaron un proyecto científico que implicó la incorporación de la química a los procesos de restauración. Schenone y Uribe sumaron entonces a Alicia Seldes al equipo. Ella fue la primera científica argentina que aplicó sistemáticamente las ciencias físico-químicas a la conservación. Schenone promovió así una base de datos casi única en el mundo sobre las técnicas de la pintura hispanoamericana. El actual Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural de la Universidad de San Martín «TAREA» es el descendiente directo de aquel proyecto inicial. Sólo hay que recordar la felicidad y la alegría enormes que Héctor sentía cada vez que regresaba al taller cuando ya se había jubilado.

 

Otro ítem que revela la clarividencia de nuestro maestro. Él fue quien, en la Academia Nacional de Bellas Artes, llamó la atención sobre un aspecto del legado que a esa institución hicieron Alfredo González Garaño y su esposa Marieta Ayerza. Se trata de la documentación bibliográfica y fotográfica que rodeó el viaje de ese matrimonio de coleccionistas y connoisseurs a Egipto, llevado a cabo entre enero y marzo de 1926. Acompañados por el diplomático Tomás Le Breton, Alfredo y Marieta recorrieron el delta y el valle del Nilo desde El Cairo hasta Abu Simbel. Los González Garaño llevaron consigo un baúl de libros, manuales de egiptología, historias del arte egipcio antiguo y del arte musulmán en ese país. Para los argentinos, aquella expedición entrañó la ruptura del modelo del exotismo, que había sido predominante hasta entonces en el espíritu de las incursiones de nuestros compatriotas al Cercano Oriente. Alfredo, Marieta y Le Breton emprendieron un verdadero viaje de estudios. Este fenómeno podría considerarse un punto de inflexión de la cultura argentina que, de la fantasía con que se había entusiasmado por aquella civilización antigua, se abrió desde entonces al cultivo de la egiptología, es decir, una ciencia histórica y arqueológica. En ella descollarían, desde los años ‘30-’40 hasta el presente, una gran figura de la historiografía de nuestro país, Abraham Rosenvasser, y sus discípulas Perla Fuscaldo, Alicia Daneri, María Violeta Pereyra, Roxana Flammini, Andrea Zingarelli. La exposición Ciencia y fantasía. Egiptofilia y egiptología en la Argentina, 1840-2020, que actualmente se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires, ha sido concebida y organizada a partir de la donación González Garaño que Schenone señaló y estudió desde los años ‘80 hasta su muerte.

 

Héctor Schenone falleció el 31 de mayo de 2014.

 

Un pasaje de la Apología que Erasmo dedicó al gran Reuchlin parece destinado a nuestro amigo: «¿Creéis que se haya de llorar la muerte de tan grande hombre? Ha vivido largo tiempo, si acaso la longevidad sirve para ser felices. Ha dejado recuerdos imperecederos de su virtud y amor hacia su familia y hacia todos los hombres que a él se acercaron. Consagró con sus buenas obras su propia persona a la inmortalidad. Suponemos que ahora, librado de las miserias humanas, goza del cielo y discurre» con San Francisco, su santo más amado.

 

Sólo nos resta transmitir con emoción el agradecimiento por el saber que Héctor nos prodigó, por la amistad con que nos honró, por la bondad de corazón y el afán de verdad con que iluminó nuestra ciencia. Su obra ha escrito varias páginas fundamentales en el libro de lo mejor de la civilización argentina. Parafraseando el dictum de Mitre sobre Rivadavia: todo historiador del arte en nuestro país transita por los libros que él escribió y las instituciones que fundó o contribuyó a engrandecer.

 

* La versión original de este artículo fue publicada en la revista Criterio, ahora ampliada para su edición en Hilario. Artes Letras Oficios


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